Luego de haber concluido las horas de observación, llegó “la hora de la verdad”. comencé la residencia, comenzó un nuevo llamado a la aventura.
¡El grupo de alumnos es tan inspirador!, “son como bombas pequeñitas”, siempre listos para hacer explotar el intercambio y la construcción de conocimientos. Es por ello que las horas de observación han sido claves no sólo para diagnosticar al grupo sino también para apropiarse en cierta forma de sus dinámicas para pensar juntos, planificar, seguir camino.
Los nervios, siempre presentes, a veces se me notaron, pero acabé por transformarlos en algo superador gracias a las características de los chicos, que suman permanentemente. Por ejemplo, algo llamativo en estos tiempos: observé que piden leer, leer por leer, leer por placer. Por supuesto al escucharlos hacer este pedido a la co formadora, no dudé un segundo en planificar mi hora de literatura semanal pero además, también en los 10 minutos iniciales de cada clase.
Arranqué mis propias clases y si bien no es la primera vez que lo hago, en estas primeras horas de un grupo a cargo, sentí una gran satisfacción; me siento segura frente al aula y sin dudas eso tiene que ver con el tiempo dedicado a la planificación y al estudio de la misma, a la búsqueda de marcos conceptuales e ideas para abordar los contenidos, así como también a la formación recibida a lo largo de cuatro años en la institución de la que formo parte como alumna. Identifico en mi la preparación necesaria para moverme en el nuevo y viejo escenario educativo al que también llamo “espacio de alternancia”, término aprendido y acuñado en el taller de Práctica docente IV.
Haber comenzado la residencia significa mucho, llegó la hora de medirme y de brindarme. Ojalá salga bien.
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