A lo largo de diez horas de observación se van gestando el deseo y la necesidad de estar frente al aula, a cargo, al fin. Es cuando lo pienso, que los nervios “lindos” afloran, porque se viene “la posta”.
Un pequeño grupo de quince estudiantes constituye el 4° año “A” del Instituto Mariano Moreno, escuela secundaria en la que vengo desarrollando mis prácticas desde el comienzo; un lugar que ya es parte de mi.
¡El aula es un espacio tan cálido! Por sus ventanas se cuelan los rayos de sol que permiten observar “la supremacía de esos rostros inaprensibles” en términos del filósofo y escritor Emmanuel Levinas.
Todo simplemente se está desarrollando, de forma casi mágica.
Las horas de observación son muy interesantes puesto que el grupo manifiesta un gran interés por la materia pero por sobre todo por las lecturas que la docente co formadora lleva al aula. Incluso me preguntaron también a mí qué voy a leerles una vez intervenga. Ese entusiasmo es un gran motor. Los alumnos son muy entusiastas y participativos.
Mientras tomo nota de las estrategias de la docente a lo largo de las clases, reviso la planificación anual que ella ha presentado y, en silencio, la comparo con la realizada por mi para la cursada de Práctica docente. Es muy interesante observar las diversas maneras de lograr los objetivos planteados, que van surgiendo; no siempre puede seguirse al pie de la letra la propuesta diseñada y este es un tema que me preocupa bastante, con lo cual debo decir que he sentido alivio al comprobar que no todo sale siempre como se planea pero que a la vez aquella planificación es un norte ineludible.
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