Si pensamos en la escuela como institución, seguramente viene a nuestra mente todo el formato y la cultura escolares que la componen en nuestro imaginario de la mano de nuestra propia trayectoria educativa. No podemos negar cuánto nos condicionan las ideas de “escuela” que traemos y de alguna manera reproducimos, como organizadoras de espacio. La escuela nos ordena, nos prepara en la formación de hábitos y maneras de estar en el resto de los ámbitos a transitar.
Ahora bien, de lo estudiado y analizado, se desprende una visión que trasciende todo formato y es la mirada comunitaria que se desprende de los sucesos atravesados a partir de la pandemia que todo lo revolucionó. En ese devenir, la escuela dejó de distinguirse por ser un espacio cerrado y meramente académico; sabemos que las condiciones socioculturales quedaron por demás en evidencia y constituyeron una apoyatura necesaria de atender para poder continuar.
Particularmente, en las prácticas y en la actual residencia docente, sentí muchas veces que la realidad del contexto apareció más crudamente en las aulas; quedó al desnudo lo que cada alumno había logrado construir durante la virtualidad de acuerdo a sus posibilidades. Frente a ello, lo más difícil ha sido desaprender lo aprendido para abrazar lo nuevo; verifiqué que “mi escuela” no es la escuela de hoy, que a veces pretendo reestablecer viejos códigos de “exigencia” en lo pedagógico por sobre el nuevo estado de cosas; me encuentro queriendo dar una clase teórica como las que yo he recibido sin a veces percatarme que están conviviendo realidad diferentes, tejiendo una nueva dinámica dentro del contexto institucional, reversionándolo permanentemente.
Descubro así, gracias a la formación que estoy recibiendo y a mi paso por las aulas, que es necesario detenerme y rescatar cada mirada, esa que es distinta, nueva, ávida de reflejo que comprenda lo que subyace.
Me encuentro descubriendo los nuevos espacios de alternancia donde reconozco la importancia de reconocer que a la cultura escolar la estamos “pariendo” entre todos; un nuevo capítulo en la educación se abre camino. En él se que puedo cambiar la propia mirada sobre cómo enseñar hoy, atenta a esos encuentros significativos que me gustaría propiciar, en donde la brecha se achique y las generaciones dialoguemos horizontalmente para seguir enfrentando el desafío de aprender.
Es por eso que elijo quedarme con los aportes de Carlos Skliar (2008) manifestados en el material de estudio del Módulo IV de Practica docente (CEDSa, 2022) “nos introducirnos en la reflexión sobre si no es errado preguntarse: ¿Cómo podemos negociar entre mi historia y las suya?¿Cómo sería posible para nosotros recuperar aquello que tenemos en común, no del mito humanista de los atributos humanos que compartiríamos y que supuestamente nos distinguirían de los animales, sino, de forma más importante, la intersección de nuestros varios pasados y nuestros varios presentes, las inevitable relaciones entre significados compartidos y significados contestados, entre valores y recursos materiales?”
Es momento de ser protagonistas junto a nuestros alumnos y sus historias, también junto a las escuelas y su identidad, de esta historia que se abre. Me gusta llamarla “la cultura del encuentro”, como parte de la promesa docente.
POR MÁS MIRADAS
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